Don't wake us up when tomorrow arrives, we'd rather be dreamers

sábado, 24 de marzo de 2012

.

En mi alma está nublado, pero no llueve. El cielo simplemente está encapotado, la atmósfera es gris, hacia el horizonte se perciben (aguzando los ojos) difusas pinceladas de sangre. El aire es frío y, aunque calmo, es implacable. Inspiro y me llena un sentimiento casi apocalíptico. ¿No sería maravilloso congelar éste momento? Detener todo en el misterio y suspenso de las infinitas posibilidades que baraja el fin de la civilización.
El olvido que otorgaría a la conciencia humana. La fantasía poco creíble que sería la vida previa a la catástrofe.
La rotura de lazos.
La desintegración de las espectativas.
Y entre vaharadas e inspiraciones cautelosas, puedo degustar intrínsecos rastros de una palpitante libertad.
Anhelo el fin, si no de mí, de todo lo que conozco y me encadena.
Y atesoro esta emoción, tratando de que perdure indefinidamente, estirándola, cerrando los ojos al entorno real que me rodea.
Y entonces llueve, pero no en mi alma. De repente mi vista se nubla, porque yo no quiero un mañana.